Extrema y dura
Anoche hubo elecciones en Extremadura. Nada que no supiéramos ya. La derecha sube, las encuestas aciertan y el país continúa su marcha previsible hacia el siguiente sobresalto. Esta mañana, como siempre, las redes sociales amanecieron divididas entre el lamento y el alivio. Unos denuncian el avance de la extrema derecha; otros celebran la derrota del enemigo. La política convertida en marcador. El ciudadano, en aficionado.
No parece preocuparnos demasiado algo más elemental: que llevamos tiempo renunciando a pensar. Pensar exige esfuerzo, duda y responsabilidad. Mucho más cómodo es delegar. Delegar en siglas, en líderes, en expertos, en asesores. Votar se ha convertido en un gesto automático, casi litúrgico, que nos permite seguir con la conciencia tranquila mientras otros deciden por nosotros. Después, si las cosas salen mal, siempre queda a quién culpar.
La política ya no se articula alrededor de propuestas, sino de ataques. No se discute qué hacer, sino a quién derrotar. Las ideas han sido sustituidas por consignas; los proyectos, por gestos. Para gobernar están los técnicos; para justificarlo todo, las consultoras. Y así, paradójicamente, en la era de la información vivimos una de las etapas más opacas de la vida pública. No porque no haya datos, sino porque ya no hay voluntad de comprenderlos.
Hace poco conversaba con un profesor en clase. Hablábamos de sostenibilidad, palabra grande, solemne y muy bienintencionada. Los objetivos son razonables; los plazos, fantasiosos. Como suele ocurrir, confiamos en que los cambios profundos serán rápidos y, a ser posible, que no nos obliguen a cambiar demasiado. Mi profesor recordó algo incómodo: este camino no empieza hoy. A comienzos de los años 2000 ya estaba trazado.
La globalización —esa de la que tanto hemos disfrutado— fijó un modelo que hoy ya no admite discusión. No es una opción: es una condición. El problema es que nunca se explicó con honestidad. Y peor aún: la sociedad no está dispuesta a asumir lo que implica. Queremos un mundo eficiente, barato y sostenible, pero sin renuncias, sin costes y sin molestias. Una contradicción que no suele terminar bien.
A este escenario se suma una clase política cada vez menos preparada y más dependiente de intermediarios. Gobernar se ha convertido en externalizar decisiones y administrar relatos. El servicio público, en demasiados casos, ha dejado de ser vocación para transformarse en carrera profesional o negocio temporal. Mientras tanto, la polarización cumple su función: distraernos. Nos peleamos en la grada mientras el partido real se juega fuera de plano.
El resultado es visible. Hemos aceptado los bandos como una identidad y el enfrentamiento como norma. Dialogar se considera una debilidad; dudar, una traición. Y así, poco a poco, dejamos de hablarnos. Nada hay más útil para quien quiere manipular que una sociedad fragmentada, cansada y convencida de que ya lo sabe todo.
No avanzamos hacia un terreno peligroso por votar a la derecha o a la izquierda. Lo hacemos por algo más simple y más grave: por haber decidido que pensar cansa demasiado y que es mejor dejar lo importante en manos ajenas. Después, cuando el resultado no nos guste, siempre podremos volver a gritar desde la grada.
Eso, al parecer, también cuenta como participación.
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